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Brujería y Hechiceria - 7ª Parte
05.11.2007. 00:00
Brujería y Hechiceria - 7ª Parte.
Ideas que subyacen en el imaginario social a la práctica de la hechicería.
Hemos visto que ideas e imaginarios subyacen en las prácticas, por un lado, y en las creencias, por otro, de la hechicería y la brujería, tanto en la cultura europea como en las culturas americanas, en especial de Sudamérica, y como todo este bagaje cultural se conjuga para crear ideas morales y finalmente desencadenar la necesidad de la traslación desde Europa del Tribunal de la Inquisición, con todo su aparataje legalista y moralista amparado en la religión católica.
La hechicería se asocia con un segmento de la sociedad, llámese inferior, débil, salvaje, el cual tiende a la liberación de las ataduras “naturales” impuestas por las leyes humanas de conducta social y regla religiosa. La hechicería se asocia con lo misterioso, lo demoníaco, y con el engaño. Se asocia con la manera incorrecta de lograr ciertos propósitos, de lograr cosas que podría ser imposibles de lograr de otro modo. La hechicería se asocia con el conocimiento de la naturaleza salvaje, con los espíritus, que siempre son malignos para los españoles inquisidores.
La hechicería se asocia a lo femenino, al mundo oculto y lascivo, doblez, sensual y terrenal de las mujeres, que logran ponerse en contacto con estas fuerzas sobrenaturales y se contactan con una espiritualidad poco sublime, ya que no radica en Dios todopoderoso, sino en entidades que pululan por la tierra. Lo subordinado y lo femenino tienden a relacionarse en estas prácticas, y para el pensamiento “racional” español, sólo lo masculino es el poseedor de la gracia de una visión suprema del mundo, una visión asociada con Dios todopoderoso, con el rey, y con el padre de familia.
Una visión que tiene mucho de idealismo y otro tanto de tiranía, y aún más de mentira, pues bajo esa máscara de autoridad y verdad masculina, se oculta una realidad social compleja, que se puede evidenciar de manera palpable en la época colonial, donde convergen sistemas de creencias y escalas de valores extrañas entre sí, intentando convivir, intentando adaptarse, y por otro lado, a la par de tratar de imponer sus principios, los europeos ven en América el lugar de la realización de sus sueños, buenos y malos, y se encuentran con la capacidad y la autoridad de hacer lo que deseen en nombre de la Corona y Dios, pero sin duda, para ellos mismos. Quebrantar su sistema moral establece el principio para la culpa, sin embargo, subyace bajo esta idea, primero que nada, los intereses, de toda índole, de los acusadores y jueces. Las mujeres, se ven, en este sentido, sometidas necesariamente a este juego de poderes.
Las indias, pese a ser tratadas muchas veces como objetos, ignorantes y salvajes, gozaron mayormente de libertades por esa idea de que los nativos no conocían aún las enseñanzas cristianas. Por otra parte, en muchas culturas y pueblos americanos, las mujeres ya gozaban de un estatus distinto, como es el caso de los mapuche. Si embargo, en la sociedad europea, la mujer era una subordinada del hombre, siempre, salvo excepciones, donde mujeres se lograron enfrentar al mundo solas. Esta idea de la mujer subordinada recayó sobre los indígenas y se manifestó con fuerza en los idearios mestizos que se irían desarrollando.
La hechicería se convirtió, de un modo natural de lograr ciertos propósitos, en el mundo indígena, a una manera pecaminosa de intentar liberarse de las ataduras sociales impuestas por el nuevo orden. Por otra parte, el hecho de que en general se recurra a la hechicería por cuestiones sentimentales, demuestra una peculiaridad en América, no recurrente en Europa.
Se puede recurrir a la opinión de contemporáneos a estos juicios, los cuales aluden que la fuerza excepcional de la hechicería amorosa estaría vinculada al clima moral excepcionalmente permisivo que se daría en esta parte de América, como era el Virreinato peruano. Se decía que el concubinato practicado en todos los estratos sociales sería la forma más aceptada de relación entre parejas, sin que fuera considerada inmoral. Lima era presentada por algunos eclesiásticos como un abismo de corrupción encendido por el demonio de la carne.
No negando que en la sociedad peruana se pudo dar durante el período colonial una liberalidad en materia de comportamientos sexuales, podría ser mejor no centrar el fenómeno de la hechicería en una explicación de ese tipo. Si nos detenemos en el análisis de lo que buscaba la clientela femenina en, encontraremos que reiteradamente se insiste más o menos en lo mismo. Ellas recurrían a las hechiceras para que el hombre con quien vivían no las abandonara, o regresara a su lado, y para que los hombres las quisieran y les dieran dinero o regalos. Las casadas iban con el ánimo de obtener mejor trato de sus maridos, y para evitar el abandono. ¿Eran estas razones sólo de índole sentimental o sexual, o bajo esta apariencia existe un problema social más profundo?
Hay dos elementos a considerar: el papel de la mujer en la sociedad colonial y las características de la estructura social americana. La documentación de manera uniforme muestra a la mujer como un sujeto inferior, pasivo, que en la práctica tendría una posibilidad de acción mínima. Todo parece indicar que la mujer independiente no tenia cabida dentro de la sociedad. “Una mujer independiente, soltera, viuda o separada, carecía de protección y quedaba expuesta a todo tipo de abusos producto del machismo imperante y de la violencia inherente a esa época y que impregnaba todos los aspectos de la vida”. Además la estructura social de América era mucho más compleja que la peninsular, con la presencia de mestizos y castas. La pobreza y la coloración de la piel dejaba a grandes grupos en una situación de inferioridad, y en ellos abundan las mujeres solas y abandonadas. Y, por otra parte, estos mismos grupos eran mucho más propensos a caer en practicas hechiceriles, tal vez por la tendencia de que pareciera que en general, mientras más primaria y elemental es la concepción de mundo para ellos, más cerca están de las creencias mágicas.
La hechicería ejerce su oficio para ganar dinero, en el ámbito urbano, pues así se reconoce frente a los inquisidores. Son mujeres más bien jóvenes, analfabetas, miserables, normalmente sin protección masculina y que han encontrado en esas prácticas, que tiene gran demanda, un medio que les ayuda a subsistir. A su vez, la clientela esta integrada en su mayoría por mujeres de estratos bajos, que buscan desesperadamente a un hombre, y no necesariamente para satisfacer sus apetitos carnales, sino que para que les diera protección en ese mundo tan complejo, en el que estaban a merced de ser atropelladas y humilladas permanentemente, por encontrarse en los márgenes de las estructuras oficiales.
Conclusión.
La idea de la bruja está tremendamente arraigada en nuestro imaginario sin pensarlo mucho, nos imaginamos a la bruja como una mujer fea, viviendo en una pocilga, intentando dañar lo más posible a otros mediante sus conjuros y pócimas. Nos acordamos de las escobas, de las danzas a la luz de la luna. A veces nos viene a la mente una bruja buena, una hechicera que vive en el bosque encantado, que tiene contacto con los buenos espíritus y augura y presagia a los hombres de su pueblos sobre los hechos venideros, y sana de enfermedades.
Otras veces nos figuramos a mujeres que nacen con poderes, y que creen ser normales y no lo son, pero que sin invocar a nadie, logran actuar sobre la naturaleza y realizar actos sobrenaturales. Existen muchas caras de la bruja o la hechicera.
La que hemos visto en el presente trabajo, la de los casos de la Inquisición, no es ni la vieja maligna, ni la diosa del bosque, ni la joven normal que tiene poderes sobrenaturales, es la mujer sola que se enfrenta a un mundo adverso, y que posee un conocimiento mágico del mundo heredado de sus antepasados que lo heredaron de las tradiciones ancestrales tanto europeas como indígenas. Son mujeres que no buscan nada más poderoso que desligarse de algún modo de las ataduras que le impone una sociedad machista y llena de peligros, y donde son ellas las que la sustentan como madres y como amantes. Son mujeres humildes y pobres, subordinadas por su precaria situación, que intentan ganar dinero y ganar seguridad a través del casi único medio que tiene a su alcance: invocar las fuerzas sobrenaturales, los espíritus, e intentar doblegar el destino que de seguro les espera.
Finalmente, la hechicera de las regiones de América, es heredera en ciertos aspectos de la cultura popular europea, y se vincula, además, a las tradiciones mágicas indígenas, respondiendo a importantes requerimientos que la sociedad colonial tenía sobre todo con las mujeres de los sectores más pobres. Podría sostenerse que la hechicera americana fue una mujer que solucionaba, o por lo menos consolaba, en las situaciones difíciles de las relaciones humanas, las cuales ni las instituciones ni medios tradicionales podían resolver.
Bibliografía
Anderson, Bonnie y Judith Zinsser, Historia de las mujeres: una Historia propia, V. 1, Editorial Crítica, Barcelona, 1991.
Bacigalupo, Ana Mariella, La Lucha por la Masculinidad del Machi: políticas coloniales de género, sexualidad y poder en el sur de Chile, Revista de Historia Indígena Nº 6, Departamento de Ciencias Históricas Universidad de Chile.
Medina, José Toribio, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile, Fondo Histórico y Bibliográfico J.T. Medina, Santiago de Chile, 1952.
Millar, René, Inquisición y Sociedad en el Virreinato peruano, Ediciones Universidad Católica de Chile, 1998.
Montecino, Sonia, Ritos de vida y muerte, Brujas y Hechiceras, Colección Mujeres en la Cultura Chilena, SERNAM, 1994.
Olivos Herreros, Carmen Gloria, Plantas psicoactivas de eficacia simbólica: indagaciones en la herbolaria mapuche, Chungará Revista de Antropología Chilena, Volumen especial, 2004, versión digital www.scielo.cl.
Montserrat Arre Marfull
Licenciatura en Historia
Universidad de Chile
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